LA VIDA DEL CONSTRUCTOR


l amanecer unos fuertes y sonoros martillazos dados sobre una piedra despertaban a la legión humana que participaba en la cruzada catedralicia y la convocaba al largo trabajo de la jornada.

En pocos minutos-pues, excepto en verano, dormían vestidos y el baño no formaba parte de sus costumbres cotidianas- se reunían fuera de la tienda, dormitorio, granero o establo, entraban o salían de debajo de una carreta, o simplemente se ponían en píe allí donde, a campo abierto, habían dormido bajo las estrellas. En silenciosa procesión, se dirigían al este y seguían al monje que abría la marcha cantando las oraciones matinales. Después, se distribuían las órdenes del día y los trabajadores tomaban su modesto desayuno, quizá pan con fruta, mientras se encaminaban a los lugares que les habían asignado. Esto ocurría en los primeros cuarenta o cincuenta años del período gótico, cuanto tenían que hacer su trabajo observando el más completo silencio, según una tradición que se remontaba a los tiempos en los que los obreros estaban sujetos a los rigores de la disciplina monástica.

Entre los constructores estaban los albañiles, los aspirantes a albañiles y unos cuantos trabajadores de inferior condición que simplemente disfrutaban del ejercicio físico y llevaban tareas más pesadas. Estos se sacudían el sueño y aparecían completamente despejados al primer martillazo; eran los que cantaban más fuerte, los que llegaban antes a la catedral y los que emprendían más rápidamente el trabajo. Los que deseaban ser albañiles permanecían lo más cerca posible de los que ya lo eran, ávidos de aprender cada día algo que les acercase a su meta. Ellos sabían que la profesión de albañil era una de las pocas en que, como aldeanos, podían entrar y alcanzar una posición prestigiosa y próspera.

A otros muchos hombres, el golpe de martillo les hacía recordar amargamente que, lejos de allí y en aquel momento, el sol era saludado por el más alegre canto de los gallos, que convocaba a los labradores y sus familias a los trabajos del campo. Les hacía pensar en las cosechas abandonadas y perdidas por su ausencia, así como en las mujeres y niños cargados de trabajo que habían quedado solos en un mundo tan violento como lo era el de la Edad Media. Esto le ocurría a demasiados lugareños que habían sido obligados, por orden eclesiástica, a realizar el enorme esfuerzo que requería construir una catedral.

En las obras también había desde magos, buhoneros y demás trashumantes que llegaban alertados por la nueva construcción. La llegada de peregrinos era una de las más bien recibidas por los albañiles: se trataba de personas inofensivas que recorrían el país en busca de fuentes, peñas y bosques donde se suponía que había sucedido un hecho milagroso y que sólo querían detenerse a pasar unos días ayudando a cambio de un poco de comida y ropa usada.

El obrero común era el miembro más trabajador y el peor pagado, si es que llegaba a cobrar algo, del equipo de constructores; pero no se le hacía responsable de nada que requiriese un juicio o criterio propio. Si lo destinaban al bosque, le tenían que árboles cortar. En la cantera que piedra cortar…

Aunque a veces los trabajadores podían disponer de bueyes y caballos, otras tenían que ser ellos mismos quienes sirvieran de bestias de carga. Los carretilleros transportaban las piedras menores. La carretilla de una rueda, que sólo necesitaba a un hombre que la empujara, se consideraba un lujo; la más corriente era la que carecía de ruedas y tenía que ser arrastrada por dos hombres.

La enfermedad, las lesiones y la muerte eran corrientes, pero no se deseaba que por tales motivos se tuviera que suspender el trabajo. Los campesinos, que constituían la mayor parte del equipo de construcción, eran extremadamente supersticiosos: creían en brujerías y presagios, y llevaban siempre consigo toda clase de amuletos para conjurar innumerables males.

Si un trabajador tenía fiebre, se invocaba a Santa Genoveva de París para que expulsara la fiebre demoníaca. A San Blas le correspondían los dolores de garganta; y a Santa  Apolonia, los dolores de muelas. A San Sebastián y San Adrián se acudía para prevenir la peste, enfermedad a la que las ciudades medievales eran muy vulnerables.

Había días muy marcados los cuales no se trabajaba en absoluto. en el de San Dionisio, protector de Francia; el de Santo Tomás apóstol, patrón de la logia de albañiles, y en el de cualquier santo que fuera patrón de la ciudad. Se organizaban grandes fiestas y procesiones, y se hacían espléndidas ofrendas en acción de gracias.

Ningún santo era tan importante como San Cristóbal, patrón de los viajeros y protector contra la muerte repentina.

Cada construcción empleaba a trabajadores de varias clases y categorías. El maestro albañil era el encargado y actuaba de modo muy parecido a como lo hace un arquitecto moderno. Bajo él, había un oficial y varios capataces. El oficial se encargaba de la mayoría de detalles administrativos: tenía que calcular el personal y el material necesarios, el tiempo requerido para cada etapa de la construcción, etc. Los capataces eran los encargados de la obra y solían imputárseles los errores de los obreros, pues éstos no debían trabajar más allá de sus posibilidades. Los peones cortaban y colocaban la piedra. Los canteros tallaban la piedra blanda que se usaba para puertas, ventanas y junturas. Los entalladores trabajaban en piedra dura, mármol y alabastro, labrando estatuas y relieves ornamentales; en otras palabras, eran los escultores.

Se solía pagar a los canteros por piezas. Cada piedra que cortaban se marcaba dos veces: una con sus iniciales y otra con un símbolo correspondiente al lugar donde se colocaría en el edificio. Antes de que se llevaran la piedra a la iglesia, el maestro albañil o un capataz tenían que examinarla y marcarla con sus iniciales. Después, si se el encontraba algún defecto, se multaba al albañil y al inspector con la paga de dos días. En el día de pago semanal, el pagador inspeccionaba todo el trabajo hecho desde la semana anterior, lo apuntaba en la cuenta de cada albañil y añadía una bonificación o restaba una pequeña multa, según la calidad del trabajo.

El pero error que podía cometer un cantero era estropear una piedra durante la construcción, una vez que aquélla había sido aprobada. Comoquiera que cada piedra se cortaba para que encajara en un lugar determinado, la obra no se podía continuar hasta que se cortase otra que la remplazase. Se multaba al cantero culpable, y el algunos casos se extremaba la severidad del castigo. Por ejemplo, había veces en que se paraba todo el trabajo y los obreros formaban una procesión desde el lugar en donde se había estropeado la piedra. Esa se colocaba en unas andas y se cubría con una piedra negra. Vestido con capa negra, el cantero culpable tenía que ir detrás de las andas y entonar cantos fúnebres cuando la piedra era conducida al osario o cementerio. Allí, era enterrada. Después, la comitiva regresaba a la logia, donde el culpable era azotado por sus compañeros. Finalmente, cuando los demás trabajadores dormían, el multado, avergonzado tenía que cortar y desbastar una nueva piedra. Si al día siguiente ajustaba debidamente se perdonaba y olvidaba lo sucedido.

Por debajo de los canteros, pero por encima de los peones, se hallaban los obreros conocidos como fámulos. El fámulo era generalmente un muchacho que había tenido la suerte de llamar la atención de un cantero y que le servía como ayudante desbastando piedra, mezclando mortero y conservando afiladas y en buen estado las herramientas. Si aquél resolvía que el muchacho podía llegar a ser cantero, el fámulo realizaba a su servicio un aprendizaje de siete años, durante los cuales se le permitía efectuar el tallado sencillo de alguna piedra. Finalizado su aprendizaje, el muchacho obtenía el grado de compañero. Entonces se le sometía a la prueba de realizar un trabajo por su cuenta. Si los regentes de la logia juzgaban que había demostrado satisfactoriamente su habilidad, le concedían el rango de maestro, y él lo celebraba obsequiando a cada capataz con un par de guantes y pagando una fiesta para toda la logia.

Aunque cada vez se permitía a más jóvenes llegar a ser canteros, pues la demanda aumentó durante el período gótico, siempre fueron escasos. Por una parte, la acumulación constante de polvo de piedra en sus pulmones les acortaba la vida; y por otra, los canteros, bien pagados como estaban, empezaron a darse cuenta del peligro que corrían y solían trabajar solamente el tiempo necesario para ahorrar dinero a fin de comprar una posada, una cervecería o una granja.

La jornada de trabajo solía alargarse hasta la puesta del sol, aunque a veces se trabajaba con antorchas después del anochecer. Tras una buena cena, algún entretenimiento o quizás un juego o dos, los trabajadores volvían a su tienda, dormitorio, establo, granero, carreta o simplemente, bajo las estrellas, y se echaban a dormir.

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1 Response to “LOS ANTIGUOS CONSTRUCTORES”


  1. 8 octubre 2009 en 23:45

    gracias a Dios por intiresny


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